«El barro fue el lugar donde por fin cabía todo lo que quería decir.»

Llegué al barro desde la pintura al óleo. Hacía esculturas con papel maché y, un día, descubrí que en la cerámica podía integrar ambas disciplinas: el color y el volumen, la mancha y la forma. El barro se convirtió en mi medio para comunicar.
Me formé en cerámica artística en la EASD de Manises. Hoy me dedico al diseño, pero conservo intacta la parte artística — ese lugar donde me dejo llevar y dejo que la pieza me lleve a mí.
«El barro manda. Respeto el material con el que construyo, y por eso el tiempo que exige es inamovible.»
Trabajo con materiales que me permiten adaptarme a cualquier proyecto. Cada barro se comporta de una forma diferente, y esa diversidad es la que me deja encontrar la solución correcta para cada idea.
Dedico tiempo a las pruebas de color y me gusta ver las piezas en plano, para imaginarlas en distintos acabados. Así puedo aconsejar al cliente cuál será la elección correcta del material para ejecutar su proyecto.
Me tomo muy en serio mi trabajo y respeto el material. Por eso no prometo lo que no puedo cumplir: muchas cosas no dependen de mí, sino del barro mismo. Prefiero la verdad antes que la prisa.

Como cualquier artista, tengo una impronta reconocible: la mía vive en la textura. Trabajo mucho las superficies y juego con los colores, interactúo con los esmaltes para que cada pieza tenga su propia personalidad.
Por eso ninguna se repite. Y por eso me enamoro de cada una cuando sale del horno. En un proyecto, en cambio, me pongo al servicio del cliente: respeto lo que busca y lo ejecuto con la misma entrega.





Hablamos de tu idea, tu espacio y lo que quieres transmitir.
Pruebo colores y acabados, y te oriento sobre el barro correcto.
Cada pieza pasa por mis manos, respetando los tiempos del material.
Una pieza honesta, coherente con tu proyecto y con su origen.
Cuéntame tu idea, o ven a conocer cómo nace cada pieza. Ojalá te lleves un trozo de barro con memoria.